"La gente sabe divertirse y trabajar. No es incompatible, sino posible y deseable."
El sur de España, Andalucía singularmente pero no solo, comienza un largo peregrinar por ferias y romerías. El carnaval es la última fiesta del invierno y la Semana Santa el primer gran rito de la primavera. Ahora toca alegría en estado puro.
Las ferias —Sevilla, Jerez, Sanlúcar de Barrameda… decenas— hunden sus raíces en las antiguas ferias de ganado. Con el tiempo se han convertido en citas sociales relevantes y han ido sofisticando su contenido. Pero el alma permanece: divertirse compartiendo, el cante, el baile, los pimientos fritos, la tortilla y la manzanilla a raudales.
Son vistosas, alegres, jaraneras. Y eso puede confundir. De hecho, históricamente, su potencia visual y su sello popular han servido para trasladar una imagen falsa e interesada de los andaluces. He trabajado durante diez años en Sevilla dirigiendo un periódico y doy fe de que los mismos redactores que abandonaban las casetas pasadas las cinco de la mañana, ciertamente perjudicados tras un largo día vaso en mano, estaban a las diez en punto de la mañana en la redacción buscando noticias.
Andalucía es un mundo hacia fuera, vivido y compartido en la calle. Bajen y participen. Que tengan un buen fin de semana del nivel que ameritan.
El Ateneo de Madrid, a través de su sección de teatro gestionada por Palmira Márquez y Miguel Munárriz, ha organizado esta semana la sexta entrega del ciclo "Me acuerdo, ¿y tú?". El acto es sencillo: una serie de invitados —en este caso, 19— sentados en el escenario leen por turnos doce meacuerdos cada uno.
No sé por qué —por amistad, supongo— pero me invitaron a participar con una escudería muy potente: Javier Cámara, Javier Fesser, Antonia San Juan. No sé bien qué hacía ahí, pero traté de dejar el pabellón alto.
Los recuerdos van desde lo personal o profesional, anécdotas divertidas o preferencias vitales. No hay límites. Luisgé Martín contó su primera experiencia sexual; Ara Malikian se acordó de su vida en el Líbano y de su aversión a las pizzas hawaianas. Javier Cámara recordó el momento de la muerte de su padre cogido de su mano, y Pedro Piqueras rememoró a su amigo torero que se retiró porque le daba pena matar al toro.
Son entregas de como máximo 20 segundos leídas desde la tribuna. Os comparto mis textos —los suyos no los tengo, pero trataré de conseguirlos— y os animo a que cada semana enviéis algunos meacuerdos para configurar una sección fija en LLLV. Sería una bonita experiencia colectiva.



Hay sitios que cierran y se olvidan. Y hay sitios que cierran y esperan. Los Gabrieles, taberna y tablao mítico de Madrid, llevaba veinte años en esa segunda categoría. Acaba de abrir las puertas, con sus murales cerámicos restaurados, algunos nuevos firmados por artistas como Miki Leal, y la sensación rara de estar entrando en un sitio que nunca terminó de irse.
Mi amiga Elena ha estado detrás de todo esto. Y aunque es fácil decir "lo han restaurado", lo que ha hecho es bastante más difícil: decidir qué se conserva, qué se recupera, qué se deja intervenir, y qué se deja en paz.
"Restaurar no es copiar. Es tener criterio para entender qué hace que un sitio sea ese sitio, y cuidarlo sin momificarlo."
Anoche nos invitó a una visita privada con degustación de la nueva carta, y fue de esos ratos especiales que no se repiten. Los azulejos de Sanlúcar, Jerez, Córdoba volviendo a hablar después de dos décadas de silencio. La cocina haciendo lo suyo con la misma seriedad que los muros. Y el gusto de ver a una amiga celebrar un proyecto largo, cuidado, bien hecho.
Madrid no siempre sabe recuperar lo que es suyo sin convertirlo en decorado. Cuando lo consigue, es motivo de celebración.
Los Gabrieles abre al público el 30 de abril. Si os gustan los sitios con memoria, id. Echegaray, 17. Puro centro.
Este vídeo de Andrea Compton analiza cómo las fans hemos sido precursoras de tendencias en música o cine y cómo se han ridiculizado o ignorado nuestros gustos, para finalmente acabar aceptando que teníamos razón y que ese cantante o actor del que llevamos años hablando era, en efecto, un gran cantante o actor que simplemente pasaba de largo porque su público era mayoritariamente femenino.
Los Beatles empezaron teniendo principalmente fans mujeres y han terminado siendo la mejor banda del mundo según Rolling Stone. Robert Pattinson, que con Crepúsculo era objeto de burlas, fue aplaudido hasta la saciedad cuando hizo Batman. Justin Bieber, que solo nos gustaba a las niñas y por tanto era "maricón", ahora es súper respetado porque ya no hace "música para chicas".
Timothée Chalamet, cuyos personajes y estéticas queer fueron aceptadas únicamente por las chicas, ahora que hace Marty Supreme resulta que mola un montón. Y Mario Casas en España: hasta que no hizo pelis "serias" no se aceptó que era un buen actor, porque haber hecho dramas románticos adolescentes nunca es suficiente para triunfar.
Olvídate del barco por los pantanos y de la Harley Davidson —por emocionantes que sean, hay momentos en los que uno quiere sentirse menos Cocodrilo Dundee y más Agente 007. Si ese es el plan, Lock & Load Miami, en el corazón del barrio de Wynwood, tiene tu nombre escrito por todas partes. Posiblemente, en forma de agujeros de bala.
La experiencia de tiro más exclusiva del sur de Florida es exactamente lo que imaginas. Un asesor te ayuda a elegir tu arma favorita del menú —sí, hay un menú, y es considerablemente más emocionante que cualquier carta de brunch que hayas visto— y después un especialista te enseña la postura correcta usando réplicas antes de acercarte siquiera a las armas reales. Primero la seguridad, luego el héroe de acción.
El resto del grupo se queda fuera observando y filmando todo el espectáculo. Así que no solo te vas a vivir tu momento de estrella de acción: te llevas el vídeo como prueba. Tu Instagram no volverá a ser el mismo. Si después te entra curiosidad histórica, no te pierdas el museo de armas y galería de arte gratuitos que tiene el local.
El neurólogo y chef Miguel Sánchez Romera une la línea de puntos que conecta neurociencia y alimentación y profundiza en el rol de cada uno de los sentidos. Premisa: si se ponen a funcionar conjunta y solidariamente la neurociencia y las artes culinarias se desbroza un camino que conecta la comida con el cerebro, y por lo tanto la experiencia gastronómica con la memoria y las emociones.
Esa conexión, que explica el impacto que la gastronomía tiene en el cerebro, alcanza el nombre de neurogastronomía. Sánchez Romera se alimenta de su doble experiencia como neurólogo clínico y neurofisiólogo, y como cocinero y propietario de restaurantes en Cataluña, Nueva York, Yokohama y Caracas —con una estrella Michelin en su L'Esguard.
"Si soy el producto como persona de una determinada historia anterior, lo lógico es que me aproveche de ella para la nueva. Un puente entre dos profesiones o una vida entre dos mundos."
— Miguel Sánchez Romera
Desde la magdalena de Proust, todos sabemos que hay olores, sabores y colores que nos transportan en el tiempo. Sánchez Romera va más allá y estructura esta línea base de las emociones en cinco estadios.
"El olfato es la chimenea del gusto y el cómplice del sabor", explica. "Es el único sentido capaz de influir en todos los demás. El más importante en el mundo culinario". Entre vista, olfato y gusto se cubre el 90% de las capacidades para percibir la comida. El 10% restante son las texturas y el oído.
Los humanos tenemos más de 10.000 papilas gustativas. El pollo, 24. El pez siluro, 175.000. El sexto sentido en la cocina es la capacidad para percibir ciertas sensaciones y sus reacciones paralelas: el picante y su quemazón, lo burbujeante del champán, las temperaturas extremas, la sensación de frío en la boca de la menta. Lo llaman científicamente el sentido químico común.
Estamos de feria. Al menos en Sevilla, madre y maestra en ciertos territorios. Así que la Feria de Abril vuelve al Teatro Flamenco de Madrid (mañana sábado a las 13:00, 25€) por si a alguien le apetece meterse en ambiente. El espectáculo incluye un recorrido por distintos tipos de sevillanas con un elenco de artistas de primera al cante, el toque y el baile. Convierten el espacio en una caseta de feria, con rebujito incluido.
Y si alguien quiere profundizar en este mundo —o simplemente gozar con una película documental de una calidad estética impresionante— le recomiendo Sevillanas de Carlos Saura. Simplemente brutal.
Os animamos a enviar vuestros propios meacuerdos. Uno, dos, doce. Da igual. La idea es montar una sección colectiva fija en LLLV con la memoria de todos. Cualquier recuerdo sirve: personal, profesional, tierno, hilarante, dramático. Que no se pierda.
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