Thinking Heads · Boletín semanal de tendencias y cultura

Le llamaré
viernes XXV

(de Dolores)
Número XXV
27 de marzo de 2026
Edición aniversario
Del nuevo LLLV
“La tipografía de nuestro LLLV es pura nostalgia, elegancia y contundencia periodística. Sigamos. Sabemos el camino.”

Cumplimos —todos— veinticinco ediciones de Le Llamaré Viernes. Enhorabuena colectiva. Como la vida consiste en avanzar, hoy estrenamos diseño. Los hados han venido a rescatarnos del viejo Word —mi pericia no da para más— y la IA de la mano de Iván Abanades, siempre al quite, nos deja su manivela para que las rotativas digitales escupan este ejemplar maquetado, moderno y colorido que tiene en sus manos. Como veis mantenemos la tipografía: la mítica American Typewriter, creada por dos diseñadores en 1974 para homenajear el centenario de la máquina de escribir. Sí, hubo un tiempo en el que escribíamos en máquinas mecanográficas. Pura artesanía. Aquel tecleteo, el sonido metálico del carro ganando un espacio, la cinta (bicolor) que se enganchaba en el pasador. La máquina mellada cuando saltaba la tecla de la T mayúscula. Esa apariencia de panzer alemán que tenían las robustas Olivettis. Tiempos. La tipografía de nuestro LLLV es pura nostalgia, elegancia y contundencia periodística. Sigamos. Sabemos el camino.

De la primavera

Como si fuera ayer, en un Le llamaré viernes, hablábamos del otoño que se empezaba a colar por las rendijas. Hablábamos de las tardes plomizas, las primeras lluvias y ese escalofrío que, a traición, se colaba por la espalda enfriándote el cuerpo y el alma. Esta semana hemos disfrutado en Madrid de temperaturas por encima de los 20 grados. Adiós invierno.

En el sur ya florecen los azahares. En el norte se inicia el deshielo. Las sardinas suben a la superficie persiguiendo el plancton. Los alérgicos estornudan sincopadamente. El milano negro y el ruiseñor cruzan el Estrecho huyendo de la calima africana y sus calores. La calle se llena de colores pasteles. El olor a calamares fritos corona la noche calma. Suenan las primeras habaneras. Y el limonero, limonea.

“La vida corre mientras tú haces otros planes.”

La frase se le atribuye a John Lennon. Pero está inspirada, me apuesto algo, en Las confesiones de San Agustín, quien reflexionó en profundidad sobre el tránsito veloz por la vida terrenal. La primavera ya nos anuncia tardes de gozo, la luz enciende las bombillas mentales que la nostalgia y la oscuridad apagan. Y el sol, la estufa de los pobres, tan gratuito y amarillo como imprescindible, nos ofrece cargarnos las pilas. Somos fotovoltaicos.

Aprovechen los días de Semana Santa para cargarse de energía. Si tienen cerca el mar paseen y báñense. Cada primavera hay que bautizarse de nuevo: es la vida, que llama a la puerta.

Buenas vacaciones y que disfruten como ameritan.

(LLLV volverá tras el descanso obligado, justo y necesario)

La buena y la
mala educación

Primera hora de la mañana. Estación de Metro de Velázquez. Subo las escaleras y giro a la izquierda para salir a calle Goya a los números que no recuerdo si son pares o impares. Me encuentro de frente una puerta pesada con un botón a mano izquierda para abrirla que hace cuatro años (al menos) que no funciona. Por lo tanto, abro la puerta a pulso. Me giro, viene otra persona detrás y le aguanto la puerta hasta que llega, me contesta con una sonrisa ¡Gracias!. Me doy la vuelta y sigo caminando y mientras me alejo para salir a la calle, oigo de nuevo, ¡Gracias!, ¡Gracias!, así repetidamente como seis o siete veces hasta que dejo de oírlo. Quizás todavía se conserva la cortesía y la buena educación. ¿Quién dijo que las ciudades son inhumanas?

Fin de semana y salgo temprano a caminar por los campos que quedan entre el Costco de Las Rozas y la valla perimetral del monte del Pardo. Para los amantes de la ingeniería hay un complejo nudo ferroviario donde se cruzan vías y trenes a diferentes niveles. Amanece, que no es poco y los caminos están solitarios, solo conejos y algún día he visto un zorrillo e incluso un cervatillo. Más miedo el día que me crucé con un jabalí.

En medio del campo a las 7-8 de la mañana no hay nadie más. Te cruzas con pocas personas por lo que es imposible no verlas. Algunos con buena educación, saludan: ¡Buenos días!, otros simplemente, si van corriendo, levantan una mano, o arquean las cejas. Me doy por saludado. Pero también está el runner con auriculares que ni da las gracias cuando te apartas para dejarle pasar. Corren por el campo, pero no ven la vida pasar. No ven a las personas, no ven el paisaje, no oyen los sonidos de la mañana al despertar, como si estuvieran en mitad del ruido de la ciudad.

ER
Edu Ribas
que estuvo a punto de morir de un jabalicidio

WAH

Mientras comes y bebes

Recomendable ir a ver Wah. Fui antes del verano pasado. Las puertas abren relativamente pronto para que puedas disfrutar de una variada oferta gastronómica previa al espectáculo. Mientras picas algo para cenar puedes ver diversas actuaciones en directo, hacerte fotos, juegos.

Después pasas directamente al espectáculo con la mejor música de todos los tiempos y de todo tipo de géneros, con unos músicos y bailarines que lo dan todo para animar al público. El espectáculo de luces también es espectacular.

Durante el “concierto” te puedes ir tomando tus copas y bailar y bailar. Cuando acaba, empieza la fiesta-discoteca con más espectáculos musicales, buena música y tomarte las últimas copas (de la noche).

Wah está en IFEMA · www.wahshow.com

ER
Edu Ribas
muy de Wah, por lo visto
Emmanuel Carrère
Emmanuel Carrère

De “Emily in Paris”
a Carrère

Descubrí a Emmanuel Carrère por casualidad. De hecho, fue París quien me descubrió a Carrère. Era 2022. Paseando por mi ciudad favorita, acompañado de mi persona también favorita, mi amiga y cuasi hermana Rebeca, quiso entrar en una librería al lado del Panteón. Veníamos de ver los lugares donde está ambientada “Emily in Paris”. A partir de aquí, todo fue incluso mejor de lo que ya fue imaginarme con la vida de Emily.

Entramos en la librería y me puse a ojear libros de política francesa. Uno de ellos sobre los atentados de la Sala Bataclan, que comencé a leer. Una señora que tenía al lado me preguntó si me interesaba el tema. Charlamos: de dónde venía, por qué mi interés, por qué tan joven y en la sección de política (real), y si conocía a Carrère. Le dije que no y, de hecho, tuve que pedirle que repitiera el nombre, s'il vous plait.

Me contó que ese tal Carrère estaba escribiendo una crónica de los juicios contra los terroristas que, en ese momento, no habían terminado. Con eso me quedé. Y ahí se quedó la historia.

Mi consciente olvidó a la señora, al libro y al tal Carrère, como tantas otras cosas, hasta un año y medio después. Junio de 2023. Feria del Libro de Madrid. Caseta de Anagrama (mi favorita). V13, de Emmanuel Carrère, como gran novedad. No le di importancia en ese momento, aunque el nombre me sonaba de algo. Por supuesto, no lo compré.

Si algo tengo que agradecer al TDAH que me acompaña desde hace casi 29 años, es la capacidad que tengo de dar vueltas a las cosas, incluso en mi subconsciente, hasta que encajan las piezas de un puzzle que no sabía que estaba construyendo. Días después completé el puzzle: Carrère era el señor del que me habló esa señora después de haberme sentido Emily in Paris, pero más pobre, sin una amiga que canta en cabarets y sin tantos pretendientes tan bien parecidos.

“Carrère te atrapa: todo está bien explicado, bien narrado, bien conectado y bien detallado. Sin excesos pero sin quedarse corto.”

V13 fue el inicio de una relación que todavía continúa. Y seguirá. Porque Carrère te atrapa: todo está bien explicado, bien narrado, bien conectado y bien detallado. Sin excesos pero sin quedarse corto; un término medio ideal, donde, incluso, uno aprende sobre jurisprudencia y funcionamiento del estado francés.

Carrère representa una de las cosas que yo alcanzo a ser: un periodista que escribe sobre la vida que observa, que vive, trabajando como periodista. Alguien que usa el lenguaje periodístico para producir textos literarios.

Entre mis manos está ahora Koljós, su última novela. Una oda a su madre y a su padre, y un repaso por la historia de Rusia y Francia. Todo a la vez en un mismo texto, como son las obras de este señor.

Hace dos domingos, escuchando la radio, “A vivir que son dos días” (siempre la SER), empezó hablando de un señor cuya última obra era una alabanza a su madre. Supe enseguida que iban a hablar de Koljós. Pero no sabía que hablarían de él con Carrère: casi una hora escuchando a Carrère hablar de Carrère (y de Trump, entre otras muchas cosas), con otro de mis referentes, Marc Bassets, corresponsal de El País en Berlín, mi otra ciudad favorita, la ciudad de la libertad estructurada (como todo lo alemán).

De esta conversación me quedé con una parte que conectó con mis inquietudes: cómo usar el lenguaje periodístico para hacer un texto literario. Nada más allá que escribir de la misma manera que siempre lo hace un periodista pero cambiando el sujeto: el protagonista no es el otro, sino uno mismo en una historia. Esa es la esencia de los libros de Carrère (y también de mi querida Rosa Montero).

De las obras de Carrère os recomendaría todas, pero especialmente El bigote: un retrato de la soledad y la locura (o la cordura, según se vea), a partir de la decisión de afeitarse o no el bigote. Y antes de Koljós, para empezar a nadar en el mundo de Rusia, Una novela rusa. Además de la ya mencionada El adversario, que me dejó totalmente noqueado.

(Y un último paréntesis para el apartado de justificaciones. Excusatio non petita, accusatio manifesta. Llevaba mucho sin aparecer por aquí, así que la extensión se debe a eso: a las ausencias que intentan compensarse)

QSV
Quique San Valentín
hijo pródigo
José Manuel Bellver

Contra
los foodies

Un manifiesto contra la ficción gastronómica

Este es un libro serio, nutritivo, riguroso y suculento. Está escrito con talento y tierra en los zapatos. Con criterio y verdad, con sorpresa y sin resignación, con queja y optimismo. Hay memoria, verdad y erudición. Y toneladas de disfrute del bueno, el que no necesita contarse a lo Luis Miguel Dominguín.

En el depauperado paisaje de la literatura gastronómica de nuestro país —se escriben libros excelentes pero muy escasos— este Contra los foodies (Siruela), de Juan Manuel Bellver, abunda en el género de Camba —la crónica, la columna, la observación placentera— y es muy Camba pero sin el cinismo y la letra vitriólica del gallego. Y nos trae el aroma de Contra los gourmets de Vázquez Montalbán: mantiene intacta su búsqueda de la verdad en el fondo de un plato o de una copa de vino y la aconsejable costumbre de no olvidar jamás el nombre del muerto sea “jabalí o alcachofa” porque, Bellver y Vázquez Montalbán saben que la memoria “de pasados festines” alumbra el placer, ilumina el futuro y nos hace felices.

Contra el instagrameo vacuo

En Bellver, un periodista experto en el mundo del vino, con una larga trayectoria profesional, premio Nacional de Gastronomía en España y condecorado por la República francesa, hay introspección y crítica afilada, conocimiento y mundo, hay mucho vivido y bebido, pero sobre todo late lo indispensable para que la obra sume: un respeto y una pasión reverencial por la gastronomía. Valores que se acrecientan cuando se observa el éxito explosivo y contaminante del instagrameo y se detecta que cualquier piernas, móvil en la mano, aspira a la posteridad machacando a un cocinero o ensalzando un negocio, a veces por un cheque, otras por un plato de lentejas y siempre por la adicción al like y al minuto warholiano de fama, esa enfermedad social que se ha comido al prestigio.

“La pasión gastronómica solo se mide con disfrute consciente, reposo, conocimiento y respeto.”

Se ofusca Bellver porque sabe que los apóstoles de la inmediatez y la ignorancia no saben que la pasión gastronómica solo se mide con disfrute consciente, reposo, conocimiento y respeto. El riesgo es que se confunda el éxito con la verdad y el culo con las témporas. Y como esto es conocido de sobras, y bochornosamente asumido por muchos, el periodista ha decidido plantarse y decir algunas cosas para que los apóstoles de lo gastrodigital y mucho periodista “especializado” no sigan creyendo que Escoffier jugaba en el París Saint Germain.

Pero ojo, el libro, elegante y profundo, ni riñe ni educa, solo expone y se queja, describe y lamenta, recuerda, revive y proyecta, pero, a la vez, redescubre la verdad oculta tras cinco capas de pintura y sugiere caminos que llevan al conocimiento. Reclama Bellver que se bucee en las raíces culinarias y huye de quienes creen que todo está en un foro, en un reality show o en lo que alguien proclama en un congreso “sin escarbar en las raíces de una cocina autóctona”.

¿Y los foodies? ¿Se mete Bellver con los foodies? Un poco, sí. “Como mi admirado Manolo, yo quiero pronunciarme aquí en contra de los foodies. No tengo nada personal hacia ellos pero, como los gatos, me producen una alergia casi intolerable”. No es una animadversión “por oposición a los gourmets” que le resultan “demasiado relamidos” ni en contraposición “a los gourmands, tan fervorosos como entrañables”, es más una cuestión conceptual: “Es porque no logro entender su frivolidad ni su misión social”, escribe.

Si hay en el libro una declaración de principios es esta: “Yo me declaro afrancesado o francófilo hasta la médula, en el sentido de que no solo amo los vinos y las cocinas del país vecino, sino que siempre me he sentido cercano a la historia, los modales y la cultura de esa nación”. Conocedor de los vinos galos y el terroir donde se producen, de los restaurantes familiares con más de un siglo en sus manteles, paseante de sus pueblos empedrados de nostalgia, Bellver no cede en su fascinación francesa por su tradición “humanista y hedonista, sus iconos pop, su savoir vivre y su habilidad para convertir en glamour casi cualquier tontería que produce”.

En estos frescos literarios, Bellver clava la pupila afilada en asuntos que no pueden pasar por alto: es el caso de “la vulgarización del caviar” y la inflación de perlas negras de esturión que hoy se agregan con ligereza a unos espaguetis, unas croquetas o un tartar; es su mirada sobre “la sobredosis de chocolate”, un producto sacralizado en el gâteau coulant de Michel Bras y depreciado en los innobles envoltorios de supermercado; es la verdad y la inteligencia de la cocina de aprovechamiento frente al hábito creciente de consumir alimentos precocinados; o es la defensa de hacerse “íntimos amigos de su horno” para fabricar pan casero como resistencia a la industrialización del producto.

Late en Bellver la pasión encendida de quien sueña con laminar una trufa sobre unos huevos fritos con patatas, de quien se despierta de noche recordando la pularda de medio luto de La Mère Brazier y del aficionado que reflexiona sobre si ha de regar según qué menú con un gran borgoña tinto, un barolo, un pomerol o un Côte Rôtie. Hay un regalo final en el libro: la bibliografía citada, que ayuda a cualquier aficionado a completar la biblioteca y te abre algunos caminos.

A Goya se le atribuye —si non è vero, è ben trovato— que ante las acusaciones de afrancesado (que lo era) replicó: “No, lo que soy es un español que razona”. Pues eso, pero en la longitud de onda gastronómica.

AHR
A.H.R.
que le gusta cocinar, comer, beber y leer sobre gastro
Art Déco en Miami — Colony Hotel en Ocean Drive

Art Déco
en Miami

¿Por qué Miami tiene edificios Art Déco y por qué siguen en pie?

Camina por Ocean Drive cualquier tarde y lo sentirás antes de poder nombrarlo: las fachadas en colores pastel, las esquinas redondeadas, el resplandor de neón rebotando en edificios que parecen diseñados por alguien que acababa de enamorarse del futuro. El distrito Art Déco de Miami es uno de los paisajes urbanos más fotografiados del mundo.

Miami Beach vivió su primer gran auge constructivo a finales de los años veinte y principios de los treinta, justo cuando el Art Déco barría la arquitectura y el diseño a nivel mundial. El estilo, nacido de la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París en 1925, celebraba la modernidad, el optimismo y la era de las máquinas.

Para una joven ciudad turística que intentaba atraer visitantes adinerados, el Art Déco era perfecto. Arquitectos como Henry Hohauser y L. Murray Dixon le dieron un giro marcadamente tropical: colores más claros, detalles náuticos, viseras sobre las ventanas para bloquear el implacable sol de Florida y remates en las azoteas que evocaban transatlánticos y velocidad.

“En 1979, una milla cuadrada de South Beach se convirtió en el primer barrio del siglo XX en ser incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos.”

En los años setenta, South Beach había caído en un profundo declive. Los grandes hoteles se habían convertido en residencias para jubilados. Ese abandono resultó ser su salvación. En 1976, Barbara Capitman fundó la Liga para la Preservación del Diseño de Miami y luchó incansablemente para que el distrito fuera reconocido.

Los colores tropicales —los verdes menta, los rosas coral y los amarillos mantequilla— fueron en realidad una incorporación posterior. La mayoría de los edificios eran originalmente blancos; la vibrante paleta de colores llegó de la mano del diseñador Leonard Horowitz en los años ochenta. El resultado fue espectacular.

Hoy, los aproximadamente 800 edificios protegidos representan la mayor concentración de arquitectura Art Déco del mundo. Son un recordatorio de que las ciudades pueden ser bellas de manera intencional, que el diseño audaz envejece extraordinariamente bien y que, a veces, lo mejor que le puede pasar a un gran barrio es que el mundo lo olvide por un momento.

BM
Ben Myatt
que se sabe Miami enterito
Quadrophenia — Mods en Brighton

Quadrophenia

Aún quedaban muchos años para que yo naciera, pero Quadrophenia es una de mis pelis favoritas de toda la historia. Una auténtica obra de culto de la cultura underground y el santo grial para los mods de todo el mundo.

Producida por los mismísimos The Who, que además hicieron la banda sonora. Se estrenó en 1979 pero está ambientada en el 64, el momento más álgido de las peleas entre los mods y los rockers en las playas de Brighton.

Un peliculón que recomiendo a todo el que le mole el rollo British, las tribus urbanas y la música y estética sesentera y setentera.

PGL
Pablo González de Lara
musiquero a tope

Picasso
de África

Dumile Feni · El Guernica africano · Museo Reina Sofía
African Guernica (1967) de Dumile Feni

“La historia no se repite pero rima.” Así se llama el nuevo programa del Museo Reina Sofía, que aspira a establecer un diálogo conceptual y artístico entre el Guernica (1937) de Pablo Picasso con otras obras que propongan una mirada artística similar, tanto en lo pictórico como en lo temático.

Por primera vez, el Guernica se puede ver junto a African Guernica (1967) de Dumile Feni, artista sudafricano sin el cual no se entiende la modernidad africana. El Guernica picassiano reflejaba el horror por el bombardeo de la ciudad de Guernica durante la Guerra Civil española a cargo de la Legión Cóndor alemana y la Aviación legionaria italiana. En el caso de Feni, su Guernica africano expresa la opresión racial durante el apartheid de Sudáfrica en la década de los 60.

Me parece una propuesta chulísima, que ayuda a pensar en que el horror es una condena universal, que se viste de mil formas y que puede ser presentada —y denunciada— utilizando trazos y conceptos convertidos en universales gracias a Picasso.

Desde el 25 de marzo hasta el 22 de septiembre · Edificio Sabatini, Planta 2
museoreinasofia.es

AHR
A.H.R.
que irá a verla
Postdata
PD.

Las reservas de textos han mejorado notablemente. Son ustedes generosos y amables. Pero no se rindan. Echamos de menos muchas otras firmas.

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